… A LA DISTANCIA

Miro a la distancia a mis compañeros, a mis amigos, a mis padres y mis hermanos, todos ellos mi familia. Miro con atención, aunque a la distancia, a todos aquellos iguales que como yo comparten sueños y esperanzas, pero también muertes, desapariciones, desesperaciones, desmotivaciones.

*(El conjunto de abejas es nombrado “enjambre”, el conjunto de perros es nombrado “jauría”, el conjunto de pájaros, “parvada”. Con un poco de asombro percibo que no existe un término para nombrar un conjunto de ratas, así que “inventaré” uno para tal propósito: “políticos”).

Miro a la distancia a mi país siendo zangoloteado por “políticos”, haciendo de las leyes una telaraña cuidadosamente tejida a su favor. Nada nuevo. Miro con atención, aunque a la distancia, a los “políticos” mexicanos disputarse el poder, y con él el futuro de impávidos humanos que permanecen inertes, expectantes, a la espera de un milagro.

Reflexiono un poco y creo percibir que nos han robado nuestro “poder de acción”. Nos creemos incapaces, nos creemos mancos, cojos, vegetales. Y es que nos han acostumbrado a “esperar”. Y es que desde la Revolución Mexicana, de entrada, esperamos más de 70 años a que hubiera “alternancia” en el poder, ese término que confundimos con el de “democracia”. Porque la verdad la mentada “democracia” nunca ha llegado. Eso si la buscamos pura, porque habrá quien nos venga con cuentos de que durante esos 70 tortuosos años de priísmo había elecciones, y habrá quien con casi el mismo cinismo nos diga que “en el Siglo XXI, México alcanzó la democracia” con los gobiernos panistas del ridículo de Fox y el psicópata de Calderón. La verdad, en este país, desde que tenemos la osadía de decirnos “independientes”, nunca ha habido “democracia”. Y quién diga lo contrario estará apropiándose del concepto “colonial”, “occidental”, “neoliberal”, “capitalista”, “imperialista”, o como gusten, de “democracia”, por lo que una de las primeras tareas que tenemos que plantearnos es la deconstrucción de todos aquellos conceptos que el día de hoy sirven para legitimar un estado de las cosas tan podridas como los “políticos”, las instituciones bancarias, los medios de comunicación, la iglesia católica, los “aparatos ideológicos del Estado” (diría Althusser) y el Estado mismo. “Ciudadanía” es otro de los conceptos tristemente prostituidos por el sistema político, económico, de creencias y veneraciones en el que estamos insertos (dígase: neoliberalismo).

Estamos atados de manos.

Pero todo tiene por lo menos un porqué, y uno de ellos es que detrás de esos nudos invisibles que nos inmovilizan de cuerpo entero hay una terrible “depresión” en cada uno de nosotros. Y entre “la terrible depresión” y los “nudos invisibles” hay un espejismo de “me gusta”, “me encorazona”, “me entristece”, “me emputa”, hay otro espejismo de likes y retweets, hay otro más de “visualizaciones”, hay cientos de “alertas”. Esos espejismos tecnológicos, propios de la “posmodernidad”, propios del “neo-neoliberalimsmo” se vuelven más complejos cuando de pronto vemos en alguna plataforma digital un documental de Noam Chomsky que denuncia puntualmente los trucos del imperialismo, u otros documentales que nos advierten sobre los peligros de los transgénicos, de la deforestación, del cambio climático, en fin, que nos advierten del fin del mundo. Y esos espejismos se vuelven aún más complejos cuando de pronto y paradójicamente encontramos alguna crítica a nuestra realidad (que más bien es una crítica a NOSOTROS mismos) en internet.

Todo lo anterior son desahogos, son aspiraciones, son “necesidades”, así entre comillas, necesidades que no nos permiten profundizar, ir más allá, actuar. Porque “necesitamos” amigos, porque estamos “solos”. Porque “necesitamos” que nos digan “qué guapo, qué guapa, qué sexy, qué inteligente, qué buen gusto, qué buena vida”. “¿Será que es posible imaginar el desierto humano que fue necesario crear para tornar la existencia en las redes sociales deseable?”. Realmente necesitamos atención. Pero como seres humanos, no como seres virtuales.

Estamos atados de manos.
Y esa manía de indignarnos en redes sociales contribuye para esa inmovilidad, porque hay de dos: o nos “indignamos digitalmente” o nos “indignamos en la vida real”. Pero no basta con indignarse…

¡Por supuesto que internet contribuye a la organización! Pero no basta con organizarse…

La indignación contribuye. Internet contribuye. La organización contribuye. Pero antes debemos desatarnos las manos. Recuperar la noción de nuestro “poder de acción”, apropiarnos de los conceptos prostituidos de “democracia”, de “ciudadanía”, de “desarrollo”, de “progreso”, …, de darle una función verdaderamente revolucionaria a la tecnología.

Apropiarnos también de nosotros mismos, de nuestras conciencias, de nuestros cuerpos…

Miro a la distancia a mi país, a mis amigos, a mis compañeros, todos ellos, mi familia. Me miro a mí mismo en un espejo. Me pregunto “¿Hasta cuándo?”. Miro a mi alrededor y me doy cuenta que aquí todo está igual que allá. Todos los de “abajo” somos uno, y somos un chingo. ¿Hasta cuándo nos daremos cuenta que somos más poderosos, por esencia y no por avaricia, que los que nos gobiernan en todos los sentidos? ¿Cuánto más aguantaremos? ¿Cuánto más aguantarán?

Gritamos “Nos faltan 43” pero nos siguen desapareciendo. Gritamos “Ni una menos” pero las siguen matando. Gritamos “Fuera Peña”, “Fora Temer” pero nos siguen gobernando. Gritamos “¿¡Dónde está Santiago Maldonado!?” y no nos dan ni una puta respuesta. Gritamos “NO a la Ley de Seguridad Interior” y parece que no existimos para ellos. Gritamos “No a la Ley de Jubilaciones” y nos reprimen.

¿Cuánto más aguantaremos? ¿Cuánto más aguantarán?

Exprésate!

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