QUERIDOS PRIÍSTAS

Por: Mauricio Barraza

Tengo “amigos” priístas, es imposible no tenerlos. Vivo en el Estado de México, en el valle de Toluca, cerquita de Atlacomulco. Estudié Ciencia Política en la Universidad Autónoma del Estado de México, la universidad priísta por excelencia. De ahí surge buena parte de la élite priísta local. Tuve maestros priístas, compartí clase con militantes juveniles del PRI, asistí a sus “mitines”, hice campaña a favor del PRI en 2012 cuando nuestro ex gobernador, Enrique Peña Nieto, se lanzó a la presidencia de la República. Contribuí a su victoria, me declaro culpable. Tengo familia priísta, imposible que no lo sean, nacieron en el Estado de México y “les gustó” la política, han vivido una vida de privilegios gracias “al partido”, han podido contribuir ayudando económicamente a otros miembros de la familia “gracias al partido”. Yo mismo tuve privilegios (o tengo) “gracias al partido”. El problema es ¿a costa de qué y de quiénes mi familia y yo hemos tenido esos privilegios?

Si en el país en general es difícil ser “oposición”, en el Estado de México es casi imposible. Si no sufres una especie de “bullying” político y desacreditación (parecería que ser “chairo”, ser “izquierdoso” son atributos negativos) sufres rechazo cuando bien te va, cuando no, hostigamiento y represión. Todo ello lo he padecido, y eso que mi oposición básicamente consiste en expresar mi desaprobación radical al PRI y sus implicaciones, así como mostrarme crítico y serle fiel a mi ideología que se encuentra “abajo y a la izquierda”.

Sin embargo y a pesar de ser mexiquense me cuesta trabajo entender la lógica de los priístas. Sobre todo de los priístas “ilustrados”, aquellos que tienen la oportunidad y el privilegio de conocer y reflexionar la historia del país y del propio partido, aquellos que tienen la posibilidad de estudiar el derecho, la política, la economía y la sociedad; los que, elitistamente se supondría, tienen una mayor cultura política. Podría intentar “aplicarles” la Pedagogía del Oprimido, de Paulo Freire, explicando que los seres humanos aspiran a ser el modelo de persona que ven en los opresores para dejar de ser oprimidos, por lo menos para dejar de sentirse como tales, pero una parte de mí se niega a reconocer su imposibilidad de percatarse de su propio pecado.

Ser priísta debería ser una loza muy pesada. ¿Cómo cargas con una historia repleta de corrupción, represión, asesinatos, enriquecimientos ilícitos, impunidad, muerte? Hoy en día existe la compra del voto, la recopilación de copias de credenciales de elector, los programas sociales condicionados. Hoy en día, “el partido”, abusa de las condiciones de pobreza y marginación de millones de mexicanos para dar “apoyos” que lavan su consciencia y lo hacen ver como un partido generoso, solidario con la gente. Si el PRI fuese realmente solidario y generoso buscaría revertir las condiciones sociales y económicas que tienen sumida a más de la mitad de la población mexicana en la pobreza. Si el PRI fuese realmente solidario y generoso buscaría alejarse de políticas económicas neoliberales que desprecian a los marginados y favorecen a quienes pueden consumir significativamente. Pero el PRI no es “realmente” generoso y solidario. El PRI corrompe, privatiza, mercantiliza, asesina, desaparece, copta, ciega.

Frases como “el PRI te da de comer, lo mínimo que puedes hacer es darle un voto”, “el PRI ayudó a construir el México de hoy, y no estamos tan mal”, “hay que ser agradecidos con el partido”, “México no sería lo que es sin el PRI”, todas ellas las he escuchado una y otra vez, como si fueran máximas priístas para justificar su existencia, su persistencia y su perpetuación.

Tengo “amigos” y familiares priístas. Y este texto se lo escribo a ellos. ¿Cómo pueden vivir en paz siendo priístas? Es una pregunta legítima y se las hago porque no conseguí aguantar la carga moral y ética que implica ser priísta. Más bien, no conseguí renunciar a ni a mi ética ni a mi moral. Una campaña repartiendo despensas y “comprando” el voto por quinientos pesos me fue suficiente. Unos cuántos eventos “masivos” viendo el abuso del PRI hacia las necesidades de la gente humilde me bastó para huir sin jamás querer volver. ¿Ustedes de qué no se dan cuenta? ¿Ustedes por qué siguen ahí? ¿Será acaso que saben que si se atreven a despertar la cruda moral será tan grande que no podrán continuar viviendo en paz con ello, o de plano sólo ven a la política como una mera fuente de ingresos para darse sus “pequeños lujos”? ¿Será que no se atreven a cuestionarse a sí mismos, o será que creen que no tienen nada que cuestionarse?

Y a mis “amigos” y familiares que no son priístas pero que votan por el PRI… ¿Y ustedes… qué?

DEFENSA DE LA INTOLERANCIA

Por: Mauricio Barraza

 

Una tarea que nos debemos de dar es la de discutir, analizar y entender el término “tolerancia”. Y es que en días pasados hice una publicación en mi muro de facebook que hirió algunas susceptibilidades. En ella les pedía a mis contactos que me eliminaran de su lista de “amigos” si es que iban a votar por “El Bronco”:

“A todos mis “amigos” que pretendan votar por “El Bronco” háganme el favor de eliminarme de su Facebook. No puedo mostrarme tolerante ante tendencias claramente fascistas como las que este personaje representa, así como tampoco quiero tener nada que ver con quienes apoyen a este candidato. ¡Mochar manos! ¡Pena de muerte! ¡Que los pobres son pobres porque quieren! ¡Militarización de las preparatorias! ¡Machismo y homofobia! ¡Firmas y financiamiento ilegal! No tengo estómago para ello”.

Muchos me tacharon de intolerante, me dijeron que yo no era poseedor de la verdad absoluta, que no podía hacer que todos pensaran como yo, incluso me reprimieron el “odiar” a quien piensa distinto. Francamente no entendí sus reproches. Es obvio que no poseo la “verdad absoluta”, jamás di a entender ni explícita ni implícitamente que quería que “todos” pensaran como yo y el sentimiento del odio exagera en demasía la intención de mi publicación. El único motivo de esta última era purgar mi facebook de “amigos” que mediante sus publicaciones alientan una ideología que me parece peligrosísima para México y para cualquier sociedad en cualquier parte del mundo.

Si yo fuera brasileño haría exactamente la misma publicación para aquellos “amigos” que apoyaran a Jair Bolsonaro. Si yo fuera francés la haría para aquellos que suscribieran las ideas de Marine Le Pen. Si fuera holandés la haría para los votantes de Geert Wilders. Si fuera Estadounidense la haría para quienes votaron por Donald Trump. Pero soy mexicano, y me siento obligado a pintar mi raya con quienes piensen apoyar a un candidato cuyas propuestas van de mochar manos a los corruptos, militarizar la educación media superior a acabar con las políticas sociales, y cuyas declaraciones van desde “nadie quiere a una niña gorda”, “mi caballo come menos que mi vieja” a “son pobres porque son flojos”.

“El Bronco” puede parecer gracioso, pero si simplemente lo tomamos como un mero payaso y descuidamos las implicaciones de sus declaraciones, podemos ver surgir en México a una gran cantidad de “fascistas de closet” que aprovecharán estas ideas para canalizar las frustraciones que un sistema fallido nos ha traído a casi todos. Por lo menos a “los de abajo”.

Francamente me aterra que Jaime Heliodoro Rodríguez Calderón tenga eco en millones de mexicanos. Pero tampoco es algo que me sorprenda. Es obvio que ante el sabido cinismo, desfachatez, más que probada corrupción y una pesadísima loza histórica que carga el PRI; ante la incapacidad, los muertos, las traiciones y los intereses elitistas que representa el PAN; y ante la falta de contundencia, el miedo y el rechazo que le han generado a la figura de Andrés Manuel López Obrador y a MORENA, surja una figura igual o más populista que todos los anteriores pero con ideas más radicales que le hacen una invitación tentadora al fascismo.

Parece que para los mexicanos no hace parte de nuestro imaginario el convivir con una ideología de este tipo en épocas modernas. Claro que también el PRI y el PAN tienen lo suyo, sin embargo su aparente “institucionalidad” les hace disimularla y con ello se cohíben los protofascistas, se hacen de la vista gorda, o de plano ignoran esta ideología, no la viven. Una ideología que apela a los más salvajes sentimientos humanos, al odio hacia lo diferente, popular intrínsecamente, que detrás de un falso amor y una exaltación a la nación esconde su verdadero interés que es perpetuar los privilegios de las élites y con ellas perpetuarse en el poder. El problema de “El Bronco” es que es explícito y cínico bajo un discurso fascista. Y lo explícito gusta, se vive, se sabe, genera morbo… y los mexicanos somos morbosos. Y además de morbosos también estamos ávidos de un cambio, necesitados de un respiro ante tanto sofoco de quienes han permanecido en el poder durante siglos.

Pero ojo. Así como “El bronco” es combustible para el fascismo también lo es, e incluso en mayor medida, que López Obrador, de resultar electo presidente, falle con su encomienda y se convierta en uno más de “la mafia del poder”.

Cuando se pide tolerancia habrá que preguntarse hacia qué o hacia quién se está pidiendo. Así nos podemos preguntar ¿Podemos ser tolerantes ante las medidas deshumanizantes de Donald Trump de separar a niños migrantes de sus familias y mantenerlos en jaulas como si fueran animales? ¿Se puede pedir tolerancia ante el ataque desmedido de Daniel Ortega contra estudiantes nicaragüenses en pie de lucha? ¿Se debía ser tolerante ante el discurso de odio de los nazis en la Alemania de los años 30? ¿Se puede ser tolerantes con los neo-nazis? ¿Se debe ser tolerante con los feminicidios y sus causantes como el machismo y la misoginia? ¿Se debe ser tolerante ante la discriminación que sufren las personas homosexuales? ¿Se debe ser tolerante con quién reproduce discursos machistas, homofóbicos, con claras apologías a la violencia?

¡SÍ A LA REFORMA DE LA UAEM!

Por: Mauricio Barraza

La Universidad Pública es una institución fundamental para la comprensión y la transformación de nuestra realidad, así como de los desafíos que se nos presentan como sociedad y como seres humanos en un mundo en donde las condiciones sociales y humanas son cada vez más atroces derivadas de un culto a la producción y al consumo irracionales. Producción de conocimientos y técnicas hiper especializadas, útiles a una lógica mercantil en donde lo que importa son las ganancias que este conocimiento y que estas técnicas puedan generarle a quienes siempre se han sentido y quienes han actuado como los dueños de la voluntad humana. Producción de necesidades imaginarias de consumidores enajenados, bombardeados de una ideología neoliberal que cada vez más acentúa, “voluntariamente a fuerzas”, las desigualdades sociales, económicas y humanas.

La Universidad se inscribe dentro de todas las instituciones sociales como una que, se supondría, incentiva la reflexión y el actuar críticos. Sin embargo, es un error separar a la universidad del contexto político, económico y social, como si fuese un islote mágico en donde nada pasa al mismo tiempo en el que todo acontece. Para que quede más claro, la Universidad Pública guarda una correlación estrechísima con la sociedad a la que pertenece. Y así como la sociedad es controlada y gobernada, la universidad también lo es. Esta correlación no sólo es lógica sino también obvia cuando recordamos que la mayor parte del presupuesto de la Universidad Pública depende de la voluntad estatal y federal. Si a lo anterior le sumamos que los actores políticos de quienes depende dicha “voluntad estatal y federal” defienden “intereses mayores” económicos, políticos y sociales, dictados por instituciones globales con una ideología neoliberal, tales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, con fines de incentivar el libre mercado, entonces es fácil deducir que las tareas, la estructura, el gobierno y las políticas universitarias estarán encaminadas a mantener el estado de las cosas, a mantener la ideología y la acción neoliberales.

¿Y la crítica y la reflexión que se suponen inherentes al quehacer universitario, en dónde quedan?

Cualquier reflexión y acción encaminadas a la crítica severa del sistema económico capitalista-neoliberal y de sus consecuencias quedan limitadas, cuando menos simuladas. Esto se acentúa aún más en las universidades estatales, en donde el encargado de la política estatal es algún partido o actor político comprometido con este sistema. Cabe aclarar que muy probablemente los encargados de las políticas universitarias, estatales, e incluso las nacionales, no tengan conocimiento teórico alguno sobre el sistema al que le están siendo funcionales, sino más bien actúan por inercia y, sobre todo, porque saben que serán bien recompensados, ya sea de manera económica, de manera política, o bien gozando de una impunidad necesaria.

Así, a través del control, casi discrecional, del presupuesto y los recursos de las universidades y de los intereses políticos y económicos de quienes dirigen tanto la universidad como el país, la institución universitaria queda sujeta a una serie de disposiciones que parecen rebasarla contundentemente. Por lo anterior la crítica y la reflexión inherentes al quehacer universitario desaparecen, son limitadas, cuando menos simuladas, y, más bien, reemplazadas por una “inevitable” adaptabilidad de la universidad a su contexto, aunque este sea terrible y aunque esto signifique un paso más para la muerte de la publicidad de la universidad.

La Reforma a la Ley de la Universidad Autónoma del Estado de México obedece a esta condición de adaptabilidad. La crítica hace mucho que fue sofocada, y la reflexión, limitada. La UAEM, en su parte directiva, administrativa y de gobierno, nunca se ha caracterizado por hacerle frente críticamente a las condiciones sociales en las que se encuentra el estado de México, y el país en general. Más bien se ha posicionado como una institución que antepone los intereses económicos y políticos de una élite a los intereses sociales de una mayoría. Alejada de la sociedad y cercana a los políticos priístas del estado simula apertura y democracia, cuando en realidad lo que existen son barreras físicas y simbólicas que la separan de la ciudad y sus habitantes a quien se debe, así como una falsa democracia en sus procesos internos de toma de decisiones y de elecciones de directivos, y también un hostigamiento a las voces críticas de los diversos sectores de la comunidad universitaria.

Bajo el pretexto de modernización,  innovación y homologación con las leyes estatales y federales se pretende una adaptación a las exigencias del mercado y del modelo económico neoliberal. Quienes sostengan lo contrario son cínicos o desconocedores del tema.

Bajo el pretexto de sobreponerse a la crisis financiera en la que se encuentra la educación pública, y más específicamente la educación pública universitaria, la Reforma a la Ley de la UAEM busca un autofinanciamento a través de la prestación de servicios, instalaciones, estructura, etc; lo que más bien significa una mercantilización de la universidad. En este mismo tenor la reforma busca la posibilidad de incluir capitales privados en la institución, lo que sería debatible si no fuera por la incapacidad de rendir cuentas y ser transparentes en el manejo de sus finanzas ante escándalos probados de corrupción como “la estafa maestra”.

La Reforma busca que la contraloría universitaria no dependa directamente del rector, sino del consejo universitario, lo cuál sería muy positivo si el consejo universitario no estuviera totalmente cooptado, si sus sesiones fueran abiertas y sus votaciones no fueran a mano alzada.

La incorporación de un lenguaje incluyente en la Ley y la figura de la Defensoría Universitaria en esta Reforma, serían positivas, sino fueran simplemente una simulación. El acoso por parte de profesores, directivos, y administrativos hacia mujeres universitarias es una práctica constante que casi nunca tiene consecuencias y que muchas veces sucede bajo el amparo de las autoridades de la universidad. También habría que cuestionarse el número de mujeres que ocupan cargos directivos de alto nivel en la administración de la UAEM.

La Reforma habla de democracia, pero en la práctica, los últimos tres rectores han llegado a su cargo como candidatos únicos, bajo el pretexto de la “unidad”, cuando es bien sabido que quienes intentan competir son amedrentados de las más diversas formas.

En fin.

A pesar de todo lo anterior sostengo que es necesaria la Reforma a la UAEM. Pero no la simulación de Reforma que propone el rector en turno. Es necesaria una reforma de fondo. Que elimine las figuras y cotas despóticas de poder dentro de nuestra universidad, que proponga la gratuidad de la universidad pública, que creé políticas de permanencia reales para los estudiantes que requieren un apoyo económico, que dignifique y emancipe a los docentes y administrativos, que libere al consejo universitario de cualquier práctica de cooptación, que imponga cuotas de ingreso para las poblaciones indígenas y para las personas de los estratos más bajos, que elimine los sindicatos “charros” que hoy controlan, en parte, a la UAEM, que permita organizaciones libres e independientes de estudiantes, que eleve la calidad docente al no permitir tal condición a personajes señalados probadamente por actos de corrupción ni a “amigos” de los directivos que no tienen otro mérito más que ese, ser amigos. Es necesaria una reforma que no permita el ingreso y permanencia de ninguna persona armada dentro de ninguna instalación universitaria, como hoy sucede en rectoría, una reforma que no permita que la vigilancia y la seguridad se conviertan en espionaje y control, una reforma que no permita candidatos únicos a ningún puesto de gobierno de la universidad. Una reforma popular de la Universidad Pública, una reforma  verdadera, una reforma crítica, emancipadora ¡Sí a esta Reforma de la UAEM! ¡No a una reforma de adaptabilidad, alienación, simulación y subyugación como la que propuso esta administración!

A 100 años de la Reforma Universitaria de Córdoba, los retos hoy son mayores. Los universitarios y la sociedad en general tienen la tarea de velar por la Universidad Pública, universidad que pertenece a todos.

 

¡Patria, Ciencia y Trabajo!